Gonzalo Cañas

foto_gonzalo_canyasGonzalo Cañas Olmeda, titiritero de oficio y convicción y un rostro conocido en el cine popular español de los años sesenta. Natural de Cuenca, donde nació el 7 de julio de 1937, Gonzalo compartió pantalla con artistas como Lina Morgan, Rafaela Aparicio o Tony Leblanc, y dedicó lo mejor de sus últimos años a su “Teatro de Autómatas“, un espectáculo de autómatas único en el mundo, fechado en los años veinte del siglo pasado.

Gonzalo Cañas creció marcado por la indeleble herida de la guerra: su padre murió fusilado en Cuenca antes de que su madre diera a luz. La tragedia familiar persuadió a Gonzalo, ya desde bien pequeño, a la búsqueda de la felicidad a través de un espíritu libérrimo. Pasó sus mejores años profesionales como titiritero, un oficio gracias al que forjó una gran amistad con personajes como Paco Porras, célebre en el parque de El Retiro. Aunque Gonzalo prefería definirse como “titerero”, tal y como se denominaba a este oficio en las páginas de Don Quijote.

Licenciado en la RESAD, en el cine debutó con un pequeño papel en “Cerca de las estrellas” (1962), un año más tarde su popularidad se disparó gracias a “Confidencias de un marido“, junto a Rafaela Aparicio y Enriqueta Carballeira, y “La máscara de Scaramouche“, la cinta de Antonio Isasi-Isasmendi, en la que encarnaba a Pierrot. Bohemio como siempre fue, Gonzalo no llegó nunca a familiarizarse con la gran pantalla y fue espaciando sus apariciones: pudimos verle en “La frontera de Dios” (1965), con Julia Gutiérrez-Caba y Concha Velasco, o en “Soltera y madre en la vida” (1969), una película para lucimiento de Lina Morgan.

Seguramente la más relevante de sus interpretaciones tuvo lugar en 1968, bajo las órdenes de Pedro Olea, para “Días de viejo color“, con guión de Antonio Giménez Rico. Después de “El sobre verde” (1971), con Tony Leblanc, apenas volvió a actuar frente a la cámara, más allá de “Mala yerba” (1991) y varias decenas de programas televisivos. También cultivó el teatro e incluso fundó una efímera compañía, La Tarumba, para montar el lorquiano “Retablillo de Don Cristóbal“.

Los títeres se convirtieron en su gran pasión, pero siempre considerándose un genuino verso libre. El oficio de titiritero (titerero) le permitió algunos viajes iniciáticos y sin planificación alguna, como sus contactos con colonias hippies en la India. Y en 1992 emprendió el que sería su gran proyecto de los últimos años cuando compró a José María Simó, un feriante de Águilas (Murcia), la barraca Hollywood, el teatro de autómatas más antiguo que se conservaba en España, construido por el valenciano Antonio Plá en los años cuarenta. Gonzalo se enfrascó en su rehabilitación, recuperó sus 35 personajes uno a uno, restaurándolos por su cuenta y consiguió llevar este teatro mecánico (Teatro de Autómatas) de gira por toda España, Francia, Bélgica y otros países europeos.

 

 

GONZALO CAÑAS

Un actor entre marionetas

 

Gonzalo Cañas (Cuenca, 1937) quiso ser enterrado en una caja de madera en la misma tumba de sus gonzalo_cañaspadres. El 30 de octubre de 2012, antes de correr la losa de piedra, alguien dijo que no se le podía dejar marchar sin antes pronunciar unas palabras. Y se hizo un largo silencio. Yo sabía que no debía decir nada porque mi discurso improvisado hubiera sido el de un gélido historiador. No le hubiera gustado a Gonzalo la frialdad en ese instante. Entonces salió del círculo el poeta leonés Juan Carlos Mestre, el buen amigo que le ayudó en la restauración del Teatro de Autómatas, y pronunció unas hermosas palabras que nadie grabó y que quedaron flotando en ese rincón del cementerio conquense. Habló de los esfuerzos que hizo toda su vida por extender la cultura en todos los estamentos sociales y especialmente entre los más humildes. Sin duda, era un hombre singular. Voy a intentar demostrar en este artículo porqué fue además una persona fundamental en la historia de los títeres en España, un puente imprescindible para que se produjera la renovación de los modelos predominantes en la etapa franquista.

Sería en la década de los 50 cuando darían sus primeras funciones Francisco Porras (1951)[1], Francisco Peralta (1956)[2] y Gonzalo Cañas (1958), que podemos considerar los tres vértices imprescindibles para entender la renovación madrileña. A estos tres vértices habría que añadir otros que aún están por analizar: Ángeles Gasset en su Colegio Estudio, el Teatro Popular de Muñecos y Máscaras de Servando Carballar y Carmen Heymann, la aportación de los Libélula, recién regresados de Francia, y de los latinoamericanos, ya en los 70.

El papel de Porras, que nunca fue notable en su faceta de manipulador y que a pesar de plantearse nuevos repertorios abusó de los fáciles argumentos de niños héroes y princesas secuestradas, sí que fue muy notable en cuanto a sus intentos de extender los títeres a la educación, impulsar el asociacionismo en la naciente profesión de titiritero y sobre todo en el campo de la investigación y difusión del teatro de títeres con las publicaciones de sus dos fundamentales libros y la imprescindible y muy personal Títere, la revista que de 1977 a 1994 dio noticias de lo que ocurría en España y en el mundo, así como la publicación de textos fundamentales para la teoría y praxis del teatro de títeres.

El papel de Francisco Peralta fue tímido y exquisito en casi todo. En la elección de su repertorio, en lo que al principio tuvo bastante que ver Roberto Plá, profesor de música en el colegio Santa María de las Nieves donde trabajaba Peralta, así como en esa mezcla de meticulosidad y arte en la construcción de sus figuras. Esa forma de trabajo, tan diferente a la del resto de titiriteros, llamó la atención de personas que trabajaron con él, como sus alumnos Carlos Marqueríe y Juan Muñoz que fundarían luego La Tartana y el Teatro Pradillo, o de otros que sin ser directamente alumnos sí fueron influenciados por la vistosidad y calidad de la puesta en escena de sus espectáculos.

¿Cuál ha sido el papel que le correspondió a Gonzalo Cañas en ese tercer vértice de la renovación madrileña? Gonzalo Cañas es reconocido entre los componentes de la actual familia titiritera española por su magnífico Teatro de Autómatas, del que también hablaremos al final de este artículo, pero su compra y puesta en marcha tuvo lugar en tiempos relativamente cercanos, en 1992. Es decir, cuando ya el proceso de renovación comienza a dar sus primeros signos de debilidad. El papel renovador de Gonzalo se basa en varios puntos fundamentales:

  • En su formación de actor, algo bastante inusual entre los titiriteros de aquellos tiempos y de la que Gonzalo hará uso a lo largo de toda su vida. Él será uno de los primeros que fusiona actores y títeres en escena. También considerará que los actores deben tener formación en teatro de marionetas y objetos y dirigirá varios cursos en la RESAD.
  • En su renovación del repertorio de las marionetas, al principio basándose en la tradición y en obras clásicas españolas, luego ahondando en las experiencias que se daban en Europa y el resto del mundo.
  • En luchar, junto a Porras, por la presencia de los títeres en los procesos educativos oficiales. Publicó un interesante libro en la editorial Santillana dirigido a los maestros de preescolar.
  • En su cabezonería para fomentar el asociacionismo profesional, también junto a Porras y enseguida contra él.
  • En la decisión de fomentar su propia empresa, buscando entidades públicas y privadas para la financiación de sus espectáculos. Quizá porque decidió no fundar una familia evitó las estructuras familiares que imperaban en las compañías de titiriteros.

 

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Estos ejes los vamos a ir viendo en los cuatro capítulos en que compartimentamos, sólo por razones metodológicas, su vida artística: el Teatro, el Cine y la TV, los Títeres y el Teatro de Autómatas.

 

Adolfo Ayuso

 

 

[1] Si bien su papel “renovador” comenzaría bastante más tarde.

[2] Su Bastien y Bastienne fue ya una primera obra plenamente renovadora. En 1952 ya había construido con un grupo de amigos de la Escuela de Bellas Artes unas marionetas que llegaron a representar en el teatro de Cercedilla (comprobar*).